Algo bonito

lunes, 4 de enero de 2010
Sebas iba con Gurro, su porcino amiguito, en busca del robledal de Cián. En él trabajaría hasta bien entrada la noche, buscando setas. En realidad, con la ayuda de Gurro, probaría suerte con las trufas. El cielo anaranjado despedía laminitas como de cristal de colores, y al chiquillo, aquel frío de mañana se le iba despegando con las luces caldeadas del cielo...al cabo de algunos minutos, un astro iridiscente los bañaba en auras de color.

Pasaron los “Colmillos de Duna-Antigua”, rodearon los pueblos de La Ramerilla y Los Juncales, y en el camino de albero amarillento de “Duques de San Diego” descansaron y bebieron del manantial de la montaña de Orol...

Cantaron las Odas de las setas, levitaron los panes de los vientos y los llevaron a sus bocas abiertas. Reanudaron el camino con ese disco tan alto y rojo, el aire tembloroso del calor y los ojos apurados.

Cuando llegaron al robledal, ambos empezaron el “camino del olfateo”. Sebas jugueteaba a imitar a Gurro, y éste, aunque le ignoraba cuanto podía, en más de una ocasión le hurgó con su portentoso hocico en esos morros sonrientes de muchacho.

Ese día encontró una trufa. Pero como no le dio tiempo a apartar a Gurro, que la mordisqueó a consciencia, no le valió de mucho. Cuando llegó a casa, su madre le regañó, pero su padre, enfermo en cama, le susurró al oído la historia de un niño y su cerdo, que partieron en busca de setas...

“Muy enfermo...”

Diez años después, en un camino amarillento, de albero viejo, un muchachote curtido y con humilde vestimenta -un granjero sin duda-, bebe agua formando cuenco con manos firmes, de una fuente de agua cristalina y fresca. El líquido vierte entre ranuras humanas su firme sustancia y cae a peso en el suelo reseco y ardiente.

Sebas observa ese cambio de coloración del suelo, esa mancha húmeda, esa cohesión del polvo y la tierra con el agua de la vida...Lo mira mientras un recuerdo asalta su mente:

Su padre, en el hospital, derrama su vaso de agua y se mancha las sábanas; tienen un olor a humedad y podredumbre insoportables, mezcladas con ese “túmulo medicamental” de hospital...Él se echa a llorar, y su padre le da de besos en la frente. “Huele a esperanza, hijo, no olfatees la miseria de este lugar” le dice con dulzura su padre.

”Huele la trufa, mi niño, su aroma intenso y sutil a la vez.”

Lo intenta. Pero tan sólo huele a su padre enfermo de células locas y a cosas malas en el aire. Incluso lo blanco le recuerda a su madre con la lejía. A él le salen ronchas si un perdido vaho de aquella sustancia penetra sus fosas nasales. Su mundo se pierde en el hospital. Su padre se va...




Deja de lado ese recuerdo, esa visión y sus ojos mentales enfocan su conciencia a ese círculo mojado del suelo. Oye unas pisadas y se vuelve, dejada de lado la ensoñación. Su cerdo Gurro, enorme y lustroso, corre hacia su amigo con alegría porcina... Por detrás, con el sol regando sus plateados cabellos, su padre le sonríe.

Hoy encontrarían trufas




Oda de las Setas (fragmento)

"Cumbres y montañas pesan a la tierra,
que benévola las apaña y cimbra en las raíces,
y del mismo suelo, hijas de la madre,
crecen y gritan a la lluvia, las setas,
y lombrices de cristal acarician sus testas
doradas de agua y azur..."


Mi amiga Virginia

sábado, 2 de enero de 2010

La inspiración

Una mariposa cristal -de alas sin escamas y transparentes-, vuela hasta mi boca y allí deja un beso y una palabra: Virginia, dice...Tras ello desaparece en el horizonte y no puedo girarme... verla partir. Y es que tan sólo soy una flor que grita –solitaria- en la vasta estepa de la imaginación.

Preeliminares

Una gota de fuego cayó desde el cielo de mi paladar...aquel día. Me encontraba como de costumbre vomitando, en mi enfermedad, en mi cotidiana inmersión en una realidad que me estaba matando, carcomiendo lentamente...en un apartamento de veinte metros cuadrados, color alcohol y tabaco barato. Suspiré agarrando un pañuelo sanguinolento entre mis manos. Lo agarré con tanta fuerza que toda mi mano quedó impregnada de mis propios desechos. El final. Siempre había pensado que acabaría mi vida a corta edad, pero nunca sospeché que el alcohol pudriera mis riñones y que todas mis vísceras quisieran huir tan pronto de mi persona. No, ciertamente, nunca lo hubiera imaginado...

Encuentro

Uno de esos últimos días tropecé en la calle con un bulto. Solo que era un bulto con forma humana y unos cabellos rojos sobresalían desde una manta enrollada y vieja.

Musité disculpas y curioso me agaché, mas nada vieron mis ojos entre tanto tapijo. Me vino a la memoria el barbilampiño italiano que murió hace unas semanas en el barrio, ¿os acordáis? a ese viejo mendigo se le helaron las pelotas en mitad de una noche tremenda...

- Hola visitante, ¿no es hermosa esta mañana? ¿no surcan la pradera los corceles hollando la piel del Yamaliz? –susurró una voz. Era una voz que semejaba los trinos de algunos pájaros, extremadamente musical.-Dime, visitante, ¿eres amigo de los elfos? ¿conoces acaso a Riïn, Príncipe de los Enanos? ¿me llevarás a las estancias de Col´ar, amigo de semillas y brisas cálidas? –me interrogó...

-No, tan sólo soy un moribundo –le dije, consternado, frente a esa mujer que ahora veía frente a mí, con la manta apartada a un lado y una mirada tan perdida que hacía pensar en que era uno el que no sabía ni dónde estaba...

-Ay, cariño, moribundos somos todos...desde que nacemos, gracias a Dios...¿Sabes? me pareces como un soldadito de plomo, tan enjuto y tan juicioso, tan enfermo y desdichado...¿acaso no te gustó el mundo que se preparó para ti? Ven, vayamos a tomar un té, hay una posada más allá de aquella loma, y el sol despliega la alfombra para nosotros...¡Cuidado! no destruyas ese hormiguero...la Reina está muy contenta con la cosecha de este año y los duendes les han regalado néctar de maiz, ¿a que es maravilloso? ven, sígueme y hablaremos de cosas...

Crisis

Suelo soñar despierto en muchas ocasiones, y a veces, hasta me despierto dentro de un sueño y me siento multidimensional, con muchos “yos” cada uno haciendo y viviendo experiencias propias y personales. Pero otras veces me siento condensado, fibrilarmente compungido y aislado, solo y frágil, como una crisálida en el ojo de un volcán.

Una vez conocí a una amiga. Ahora os diré algo acerca de ella...



Virginia

Mi amiga Virginia tiene el pelo de melocotón maduro, sus ojos del color que hay tras una nube en el cielo septentrional, allá en las tierras de la magia y las dispensas. Su boca pía y causan olas los pálidos reflejos de sus cabellos, mientras se mira en la vasija de mar.

Cualquiera que pasara junto a ella tan solo vería una vieja sentada junto a un barreño relleno de agua. Olor a moras.

Mi amiga Virginia clava sus hermosos dedos anaranjados en un fruto del color de la miel, que desprende un olor dulzón, e inunda la estancia de recuerdos junto a gnomos, elfos, y seres con los que compartió una gran parte de su existencia. Eleva una tersa y joven mano, la suya, y de sus uñas lacadas en crema albina, surgen chispas de energía que danzan alrededor de un sonido como de crujir ramitas en una arboleda, una de esas que te impregnan de olor a pino verde...

Pero esas luces que surgen de las uñas de mi amiga estallan en la penumbra atechada de su habitación de blanco prístino, y una voz de mujer anciana pronuncia una palabra: “Rol´alson”

En la carretera que separa las provincias de “Cualquiera” y “Noimporta” en el país de “Todos”, mi amiga Virginia pasaba los últimos años de su vida en un manicomio, sumida en recuerdos imposibles. Gastada su forma física en postrado y obligado letargo.

Paso por el camino verde que separa dos fincas, a la vez que pienso en mi amiga. Las nubes están muy cerca hoy, y la hierba se mezcla con la tierra oscura y fangosa. El olor a agua me ahoga la nariz y escucho en la distancia el balido placentero de una oveja.

He decidido que iré al manicomio de nuevo, que intentaré rescatar de nuevo a mi amiga, empaparme en mi título de abogado y luchar por ella una vez más, aunque me vuelvan a destrozar las esperanzas. Empieza a llover. Corro a salpicones, con el chapoteo en mis sienes y mis mandíbulas apretadas. Una lágrima rueda y cae, pero entonces ya no existe más que un diluvio arrasando toda una vida no recordada.

En la habitación, una anciana. En algún momento debió haber poseído una melena rojiza impresionante, de la que ahora tan sólo unos mechones despeinados hablaban...Se mira constantemente en un barreño que el enfermero deposita en sus rodillas todas las mañanas, desde hace veinte años. En el interior del barreño, un soldadito de plomo se halla sumergido en el agua...

Sombras

En una mente errante, un suspiro no registrado rechinó. Y la locura creó de nuevo.

“Tengo una amiga preciosa llamada Virginia. La conocí en las praderas del Yamaliz, una hermosa mañana...”


En la mente del que quiere escribir, la locura –cual fiel compañera- no debe ser errante, sino permanente capa que impregne cada acto, cada espacio y cada lúcida forma opaca que se cree en nuestra consciencia. O al menos, eso es lo que me decía mi amiguita Virginia...¿Ya os hablé de ella?


¿Quién?

¿yo?

Yo tan solo soy el soldadito de plomo...




Mafda...

Fluye húmeda “la niña” en mi alma.
Y de repente, el hada Mafda
cruje besos de azúcar...
y engalana rocíos al alba...

La llaman Pupilas Doradas.
La llaman Pepitas de Sol.
La llaman la Dama del Mar de Asión...

Ruge al infinito su espectral sonrisa,
sus ojos coloreados... su boca melosa.
Sopla etéreos suspiros y corona
desafíos en la mente de los mortales.

Una vez su pecho se convirtió en tiza
y en mi cuerpecillo –cual pizarra-, dibujó...
>¡ una flor!.

La llaman “La Dama”,
y un día yo la soñé
entre sábanas de franela... suspiré al hada Mafda.

Bebí su perfume almizclero
su labio afresado sorbió mi ser...
susurró besos bajo la almohada
y enterró su piel bajo mi piel.

Al despertar, una brisa de playa-
adornada de balsámicos olores-,
me acarició la cintura.
Era su marcha –me dije.
Y en la cama –mezclada en las sábanas-,
un abanico de fantásticos colores
>¡encontré...!

Abaniqué al aire, y un gemido partió la quietud...

La llaman la Dama...

Serie Fantasías en el Mar de ASión: “Amando al aire”